16 de abril de 2010
Una flor en el camino
Por Alejandro
El trabajo no siempre nos enfrenta a cosas buenas aunque trabajemos en lo que nos gusta. Muchas veces la rutina le quita magia y es de magia, entre otras cosas, que se alimenta el espíritu de las mujeres y los hombres.
El trabajo de un político, candidato a un cargo electivo no es la excepción, y más cuando ese candidato parece querer dialogar con cada uno de los electores de la ciudad para la que se postula a un cargo público.
Hay días en los que el camino está demasiado empedrado, hay otros más suaves, pero a fuerza de ser sincero, los reclamos son siempre más que las felicitaciones y las demandas son infinitas mientras los recursos limitados.
Sin embargo hay días y días, y estoy seguro que muchas veces nos vamos a dormir con imágenes, en nuestras cabezas, que nos llenan de placer.
Pero hoy no he de adivinar cuáles fueron las imágenes que alegraron a otros sino que hablaré de las mías, de lo que vi, de las cosas que me hicieron ir a dormir feliz, a mí, con una sonrisa.
Porque yo vi niñas y niños de barrios humildes, durante el fin de semana, sentados al cordón de la vereda, con sus mini computadoras XO, ante los edificios escolares aprovechando la conexión a Internet, jugando, informándose, o simplemente viendo si iría a llover al día siguiente.
Porque vi maestras que, fuera de su horario de trabajo, pintaban su escuela porque hacía falta.
Porque vi mujeres y hombres construyendo sus propias casas con alegría, sonriendo y ayudándose mutuamente.
Porque vi jardines con flores y céspedes bien cortados en pequeñas y dignas casas en barrios de trabajadores.
Porque vi un nuevo país en construcción.
Sí, hay por allí, al costado de grandes avenidas, en lugares donde no pasamos habitualmente, un nuevo país en construcción. Un país de sonrisas y esperanzas donde está todo por hacer. Todo.
Porque vi una caravana de niños en bicicletas, acompañando a la candidata, en medio del Barrio Marconi, y me tomé el trabajo de preguntarle a uno por uno la edad y en qué clase estaban y de qué escuela. El cien por ciento de los niños que “entrevisté” iban a la escuela y tenían computadora. Y sé cómo se llaman y dónde vive cada uno, porque en una ciudad todos tienen nombre.
Porque vi a María Fernanda Núñez Silva, oriental, soltera, de siete años de edad y en segundo de escuela, con quien tuve el placer de disfrutar de unos minutos de charla y de mirarle los hermosos ojos que tiene.
Mientras una multitud acompañaba a Ana por el medio de la calle, María Fernanda caminaba a un costado con su mamá.
Llevaba una hoja de cuaderno doblada al medio en una mano y la otra se la sostenía la madre.
-Va muy rápido –dijo la niña viendo que Ana se alejaba.
-Dale, apurate –respondió la madre; una mujer de algo más de treinta años y de cabellos castaños.
En la siguiente parada de la candidata ante a un portón, la niña pudo lograr su objetivo: entregar la hoja de cuaderno a la candidata.
Como es habitual, Ana guarda los papelitos y los lee en algún momento de descanso o de noche en la tranquilidad de su hogar.
Pero este papelito le llamó la atención y lo abrió mientras se alejaba de la niña. En él estaba pintada una enorme flor colorida, muy linda; se detuvo y regresó hacia donde estaban madre e hija.
-Le falta tu firma –le dijo sonriendo.
La mamá de María Fernanda buscó en su cartera una lapicera…
Bueno, todos sabemos lo que significa encontrar algo en la cartera de una señora, pero apareció en otro lugar un instrumento de escritura, apareció también una agenda donde apoyar la obra de arte y, con su mano izquierda y en letras grandes y preciosas, la niña estampó su firma.
-Muchas gracias –le dijo sonriente la candidata, al mismo tiempo que le daba un beso.
A María Fernanda le brillaba el rostro.
No hay duda que fue un momento mágico para esa niña y emocionante para su mamá, y también para mí, porque fue el corolario de una jornada intensa. Además, no todos los días se encuentran flores en el camino.
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