Ana Olivera: por lo que hicimos, por lo que haremos
13 de abril de 2010
La cordillera de la basura
Por Alejandro

Cuando uno la ve por televisión es una cosa, estar allí, parado, sobre la cordillera, es otra muy diferente. Hay moscas, gaviotas sobrevolando y picoteando restos descompuestos, polvo, pero sobre todo un olor pestilente que es lo que más perturba.

Perdón, estimado lector, ¿usted habrá pensado que me refería a una cordillera rocosa?

No, señor, estoy hablando de una cordillera que estamos construyendo con muchísimo ahínco, los montevideanos, que no tiene un solo gramo de piedra, solo tiene basura.

Estoy hablando de la Planta de disposición final de residuos Felipe Cardoso. Para los que nunca vieron este monstruo que todos creamos y alimentamos, vaya dedicado este relato.

Desde que nos levantamos hasta la hora de irnos a dormir, pasamos buena parte del tiempo generando basura. Vamos a la panadería y la señorita muy amable nos pone dos medialunas y un pan con grasa dentro de una bolsa de papel y luego ésta dentro de otra de nylon. Nos comemos tres bizcochitos y sobran dos bolsas, una de las cuales demorará entre mil y cien mil años para desaparecer, y parte de esos años podrá estar volando en jardines y parques o tapando las bocas de tormenta de la ciudad.

Vamos al supermercado, compramos tres pavadas… dos bolsas de nylon. Compramos un enchufecito para una portátil que se quemó y nos venden un blister de veinticinco centímetros por veinte, cuando el enchufe mide cuatro por dos y medio; y seis higos vienen en una bandeja forrada con una lámina de papel transparente y pegajoso que le da tres vueltas y la bandeja es de un material que demora unos cuántos miles de años en degradarse. No me quiero meter en lo que compramos en las farmacias porque los embalajes son un atentado. Todo eso aunado a lo que tiramos por inútil y mucho de ello porque salió un modelo mejor, generan toneladas de basura diarias que hay que tirar en algún lado; y ahí aparece la Planta de disposición final de residuos… etcétera.

Entonces todo arranca con un enorme terreno en el cual se cava un gigantesco pozo o se busca una depresión importante, o algún lugar donde hubo una cantera de piedra y allí se empieza a tirar la basura hasta que se forma una montaña que puede tener diez o quince o más metros de altura. Una vez que la montaña tiene un tamañito razonable, dejando un pequeño valle para que transiten los camiones, se empieza a formar otra montaña de basura que comienza con un hueco y termina igual, y así sucesivamente hasta formar una hermosa cordillera de basura que es tapada con pasto y vegetación pero que jamás perderá sus características venenosas.

De paso, esa basura prensada, por un proceso llamado lixiviación genera unos letales arroyitos de jugo negro, que hasta nombre tiene pero no lo recuerdo, que se deslizan por el terreno hasta desembocar en un arroyo de verdad o en su defecto forman pequeños lagos en medio de la cordillera.

Tal es el caso del antiguo vertedero de basura inaugurado en 1940 en una cantera de piedra, donde antes trabajaron presos, que se ubica en Larravide e Isla Gaspar en pleno barrio de la Unión. Allí hay, hoy, un asentamiento encima de basura, donde viven 1000 almas, de las cuales la mitad son menores de diecisiete años y entre los que encontraron seiscientos ochenta con parásitos, además de otros problemas sanitarios serios.

¿Es este un problema de la Intendencia? ¿Es este un problema de los recolectores de residuos? ¿Será este uno de los tantos problemas que encontrarán solución mágica durante la campaña proselitista? No, no señor. Este es un problema de los habitantes del planeta Tierra que producimos tanta basura que un día viviremos encima de ella. Y eso que no hablé de pilas, residuos tóxicos, computadoras, teléfonos celulares, video juegos, tubos de televisión, juguetes plásticos, cubiertas de automóviles, de los mismísimos autos o los aviones, o todas las cosas que se hacen obsoletas en cierto tiempo y que hay que tirar inexorablemente.

Hay un modelo de sociedad que no funciona en el largo plazo. Siento mucho ser tan pesimista, pero esto de comprar y comprar y comprar, para luego tirar y tirar y tirar, no va a andar. Discúlpeseme la rima.

Tendremos que esforzarnos en crear una sociedad menos consumista, menos necesitada de cosas inútiles y ávida por tirar a la basura.

Ya no estoy hablando de injusticias, de lo mucho que algunos tiramos y de lo poco que otros consumen, estoy hablando de que en pocos años no habrá más lugar donde tirar la basura y tendremos que guardarla en casa hasta que no quepamos ni nosotros dentro de ella.

Los lugares donde se crean las cordilleras de la basura se hacen inhabitables por décadas y si por necesidades en las que prefiero no pensar, se fuesen a instalar rancheríos de desposeídos encima de esa mugre llamada Planta de disposición… etcétera, estamos fritos. Allí hay un catálogo completo de sustancias tóxicas.

Dicho sea de paso, la candidata a intendenta de la ciudad de Montevideo, Ana Olivera, estuvo visitando esa inmundicia inevitable, grabando un spot publicitario para la campaña.

Sus primeras palabras mientras señalaba una de las montañas fueron:
-Tenemos un problema.

Vaya si lo tenemos señora candidata, vaya si lo tenemos.

No los montevideanos, no los uruguayos. Tiene un problema la especie llamada humana, pero como debe ser, empezaré por casa. Por mi casa.


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