7 de abril de 2010
Polvos mágicos, polvos sucios
Por Alejandro
La cita es a la siete y media de la mañana. El micro que nos lleva parte hacia la terminal de ómnibus del Cerro. El día está resplandeciente, fresco, brillante, ideal para filmar spots publicitarios al aire libre; porque en una campaña política, un día hay que grabar spots publicitarios para televisión, y ese día es hoy.
Los rostros de las personas no lucen en su máximo esplendor a tempranas horas de la mañana, y menos aquellas que ya han ultrapasado el medio siglo de existencia, todos lo sabemos, no es necesario ser actriz o protagonista de una publicidad, basta con mirarse espejo al levantarnos de la cama.
Para esas situaciones existen unos seres, casi imperceptibles en medio del tumulto de directores que gritan, técnicos de sonido que claman por silencio, camarógrafos que piden más o menos luz, ayudantes, etcétera, que son las silenciosas maquilladoras.
Hacen su trabajo antes de que empiece la parafernalia, se quedan quietitas observándolo todo, y en lugar de detentar grandes cámaras, o largas varas sosteniendo micrófonos, o incluso megáfonos para impartir órdenes, deambulan alrededor de los protagonistas, casi sin ser vistas, con un pequeño pincel en la mano y una cajita con polvos mágicos. Casi como un hada que es capaz de realzar la belleza más esplendorosa o esconder el más odiado de los defectos; así es nuestra maquilladora, como si los pies no se le apoyaran en el piso, de mirada calma pero escudriñadora, de voz suave, casi tímida, conocedora de la historia del maquillaje que se remonta a los confines de la historia.
-Los hombres y mujeres se maquillaron para la guerra y para agradar a los dioses desde tiempos inmemoriales –me dijo, cierta vez, en voz baja, durante un descanso.
Los egipcios, con la dualidad que siempre los caracterizó, maquillaron con fines terapéuticos y preventivos, además de los estéticos. En una tierra seca, polvorienta, llena de insectos y con mucho sol, los ojos debían protegerse. No en vano a la enfermedad llamada tracoma se le conoce también por oftalmia egipcia. En cuanto a lo estético los ojos debían hablar.
Pienso ahora que nuestra jornada de filmaciones nos llevó a la Planta de Disposición Final de Residuos Felipe Cardoso y nos llevó también a la Plaza Líber Seregni. Quizás también ahí está nuestra dualidad, no la egipcia, la nuestra. De la belleza, de la recuperación de un espacio abandonado para transformarlo en un área pública y disfrutable, hasta un enorme depósito de basura, polvoriento, maloliente, y repleto de moscas, que constituye uno de nuestros grandes problemas, y cuando digo ––nuestros–– me refiero a la humanidad.
Quién sabe nuestra maquilladora, en un insólito e inesperado paralelismo, también cumplió con los mismos fines terapéuticos y preventivos además de los estéticos de la antigüedad. Quizás la piel de nuestra candidata a intendenta, y sus ojos, estuvieron además de embellecidos, protegidos durante el día, por pinturas que otrora fueron anti-deslumbrantes, ahuyentadoras de insectos, y protectoras de polvo y suciedades.
La maquilladora. Uno de los tantos personajes que acompañan a nuestra candidata, y que lo es porque le gusta, y porque casi sin darse cuenta, la vida la fue llevando hacia ello.
Sobre otras cosas de esta jornada ya habremos de escribir.
Esta no es tarea de uno, ni lo será. Ahora era hora de rendir un pequeñísimo homenaje a una de las heroínas anónimas de esta campaña.
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