7 de abril de 2010
Amalia, Rosa y Stella
Por Alejandro
Podrían ser tres hermanas, o un trío que canta folklore, o abuela, madre e hija; pero no, no son nada de eso, son tres guardaparques y las tres trabajan en el parque Líber Seregni, un nuevo espacio que ganó del abandono un pedazo de ciudad.
De un viejo galpón deshabitado surgió esta joyita de lugar.
Podría detenerme en esa plaza hermosa, describirla en detalle, contar cuántos niños vi jugando en hamaquitas, en toboganes, con una pelota, con sus padres o entre ellos.
Podría contar cuántas parejas jóvenes mimoseándose vi, cuántas parejas de personas mayores con mate y termo en mano contándose historias, cuántos hombres y mujeres estaban en un jueves de semana de turismo disfrutando del fresco del final de la tarde, pero no, la historia trata de Amalia, Rosa y Stella. Tres mujeres que luego de múltiples trabajos, desde operaria de fábrica hasta empleada doméstica, encontraron un lugar donde trabajar con una motivación que antes no tuvieron.
-De acá no me saca nadie, me da mucho trabajo, a veces me paso muchas horas más de las que debo estar aquí, pero de acá no me saca nadie –me dijo Stella, con su rostro curtido de sol y cubierto por un gorro beige que le hace juego con el uniforme, mientras las otras asentían con la cabeza, todas vestidas igual.
El trabajo no es solo pasear vigilando un parque hermoso; existen muchísimos problemas allí, como existen problemas en todos lados. Hay vándalos que se dedican a destrozar espacios públicos, existen adictos que terminan tirados en el pasto, existen mocosos atrevidos que se tiran al agua de las fuentes en días calurosos, existe la gente que produce mugre por doquier y existen algunas cosas más graves aún, como niños que son abandonados allí y pasan todo el día deambulando por la plaza.
Estas tres mujeres, y muchos otros hombres y mujeres en otros espacios de Montevideo, pasan el día atendiendo esos y otros problemas, coordinando acciones a veces con la policía, a veces con el Inau, a veces con el Mides u otros organismos estatales.
-Sin ir más lejos hoy vino una adolescente con sus dos hermanitos menores. Al cabo de un rato la chiquilina desapareció, que quién sabe a dónde fue, y dejó a los dos niños, de seis y ocho años, solos. Tuvimos que salir de acá, ubicar la casa donde viven, buscar a los padres y entregárselos –me contaron las tres, con caras distendidas, porque habían resuelto muy bien el problema.
Mientras conversábamos una pelota de fútbol pateada por un papá poco habilidoso fue a parar al medio del agua. Allá fue una de nuestras amigas a pescarla antes que alguien se metiera dentro de una fuente.
Otro ciudadano mereció un pitazo, cual jugador de fútbol en infracción, por caminar por lugares protegidos. Y así transcurre el día de las guardaparques.
Me subí al ómnibus que nos llevó hasta allí junto a la candidata a la Intendencia de Montevideo y sus suplentes, y dejé que el ronroneo del motor me distrajera del paisaje.
-De acá no me saca nadie –me quedó resonando en los oídos mientras el sol se ponía y el fresco del otoño comenzaba a sentirse.
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