Ana Olivera: por lo que hicimos, por lo que haremos
6 de abril de 2010
De los colonos de África
Por Alejandro

Cuando Damián Montero, terrateniente y empresario saladeril, en 1834 pidió autorización para instalarse en los alrededores del Cerro de Montevideo y fundar allí una villa que se llamaría Cosmópolis, el proyecto decía que sería poblado por colonos del África y de otros muchos lugares del mundo.

Las calles de Villa Cosmópolis adquirían sus nombres de acuerdo al origen de los inmigrantes que allí llegaran, así, poco después de fundada, ya tenía calles denominadas con veintisiete naciones, una confederación y una provincia de España.

Quizás, y solo quizás, de esos “colonos del África” -que quién sabe qué pudor impidió llamarlos por su nombre: esclavos-, desciende la candidata a primer concejal del nuevo municipio número ocho.

Ella se dice una negra fina porque su nombre, Martha, se escribe con hache, y su apellido, Del Río, con mayúscula.

A mí me pareció una negra hermosa con sus cincuenta y pico de años encima. (Me mata cuando sepa que le deschavé la edad.)

Nacida y criada en el Cerro, ama a su barrio y todo lo dice con convicción y con una enorme sonrisa, salvo cuando habla del daño que las drogas le han hecho a alguno de los jóvenes del barrio.
-Esto es lo peor; tenemos los peores índices en todo, el mayor índice de analfabetismo, las mayores tasas de mortalidad infantil, la mayor tasa de natalidad en condiciones de pobreza, la mayor cantidad de jóvenes que ni estudian ni trabajan, la mayor deserción escolar; somos lo peor de lo peor… –y continúa, mientras yo no entiendo por qué su rostro no denota abatimiento, tristeza, o angustia.

Entonces dice:
-Se ha hecho muchísimo, y aún así, está casi todo por hacer, no hay cómo errarle, solo hay que trabajar.

Ella sabe que no se trata de un trabajo de la Intendencia, ni de concejales, ni alcaldes, ni del gobierno de la República; ella sabe que es un trabajo conjunto, de todos y cada uno de los ciudadanos, de la sociedad en su totalidad.

Ella sabe que lo que ocupó a ese barrio desde siempre, la industria frigorífica, no será la ocupación ni actual, ni futura. Sabe que hoy es un barrio dormitorio, sabe que tendremos que educar a esos hombres y mujeres y darles especializaciones diferentes a las que tuvieron sus padres y abuelos. Sabe que tendremos que motivar a los jóvenes para que puedan ver un futuro promisorio, una luz que les ilumine el camino, que puedan sentir que estudiar y formarse les habrá de dar una mejor vida y no pensar en el dinero fácil del tráfico de drogas.

Con Martha conversamos mientras recorríamos a pie el barrio de ella, mirando casas que mantienen la dignidad de lo que fue y ranchos que hacen doler las tripas. Martha se pone seria cuando habla de las drogas, del dinero fácil de las drogas, de la destrucción que producen. Ahí ya no ríe, se le borra la alegría del rostro pero al final no se amilana, vuelve a sonreír, vuelve al principio:
-Está todo por hacer, el potencial es enorme –me dice poco antes de despedirnos.

Casi al final, de pie frente a un portón, Ana encontró a un muchacho de unos catorce años que la miró y le dijo:
-Estoy abatido…

-Yo te voy a dar abatido… –le habría dicho Martha.

La reacción de Ana no fue muy diferente.
Te voy a dar… abatido. Faltaba más.


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