20 de marzo de 2010
De tal palo...
Por Alejandro
Dieciséis de marzo. Son las nueve de la noche. Ana llega contenta, riéndose a carcajadas. Entra y se sienta detrás de la mesa de los dirigentes de la Coordinadora B en la calle Rodó casi Paullier en medio de un cerrado aplauso. El salón no es muy grande y está lleno de gente. Supongo que militantes además de los infaltables y necesarios periodistas.
Los que están sentados son en su mayoría gente de más de cincuenta años, los que están parados en el perímetro son menores. Me llama la atención una señora muy mayor, vestida de negro, de piel muy arrugada, quizás con más de ochenta años y que se apoya, a pesar de estar sentada, en un bastón rústico de madera gruesa. Pienso que algún militante más joven habrá traído a su madre por no tener donde dejarla, sin embargo hay algo en los ojos claros de esa mujer que me llaman profundamente la atención. Hay algo sagaz en esa mirada que al mismo tiempo denota dulzura.
Todos están en silencio, prestando atención a los dichos de Ana, la candidata a Intendenta de la ciudad de Montevideo.
Ana ya no ríe, está seria, habla de lo que queda por hacer, no se refiere a lo hecho, que es mucho, se refiere más a lo no hecho, a lo que falta. Ana es así.
Habla del ruido de la ciudad, a veces insufrible; habla de la suciedad, habla de los carritos de los clasificadores, habla del transporte, del tránsito, de hombres y mujeres que viven en la calle, habla de la seguridad, de plazas y espacios públicos que hay que recuperar y cómo no es sencillo cuando incide el factor humano. Se niega a sugerir soluciones mágicas, en cambio, les ofrece a los presentes un diálogo.
Varias preguntas son hechas, varios cuestionamientos realizados, pero me detengo en un muchacho de cabello largo y algo ondulado, atado en un moño, que hace, luego de una breve exposición, preguntas interesantes. Una de ellas, sobre la cantidad de inmuebles vacíos que han quedado en algunos barrios.
Cuando Ana se dispone a responderle, el muchacho se distrae conversando con alguien que está a su lado. En ese preciso instante escucho una voz firme y clara, como la de una profesora de liceo:
- Prestá atención que te está respondiendo a ti, m'hijo –dice, con los ojos bien abiertos, quien yo pensé que era una ancianita indefensa, esperando que una hija la llevara de vuelta para casa.
No puedo evitar reírme. Pero no me río de nadie más que de mí mismo.
- Qué falta de perspicacia la mía para descubrir personajes –pienso, mientras me rasco una de las sienes.
La historia no termina aquí, permítaseme continuarla.
Veinte de Marzo, cuatro y media de la tarde. Ana llega frente a la playa Ramírez. Flamean banderas, hay música, está lleno de gente, hay un desfile de autos que pasa frente a la multitud que se agolpa en la vereda. Se escuchan los clásicos “vamo' arriba”.
Las redes frenteamplistas habían hecho la convocatoria. Los representantes de las radios y los canales de televisión se abalanzan sobre la candidata, ella responde como puede, en medio de besos, de abrazos, de saludos emocionados.
De pronto las entrevistas concluyen, comienzan los diálogos mano a mano, los saludos al oído, los buenos deseos expresados con mejillas que se tocan y abrazos más demorados.
Me distraigo por un instante, me quedo pensando cuántas cosas quedan en la memoria y en el corazón de Ana, y no me doy cuenta que todos los periodistas rodean a otra mujer, una anciana vestida de negro, de ojos claros y sagaces, enhiesta aunque apoyada en un bastón rústico de madera gruesa, algo alejada del bochinche, en un tramo de vereda casi vacío. Me aproximo hasta donde está ella mientras me pregunto:
-¿Por qué entrevistan a esa señora?
Las dudas se diluyen de inmediato, y ahí me doy cuenta que la señora de edad avanzada, que le hizo prestar atención al militante preguntón y distraído cuatro noches antes, estaba, además de militando, haciendo que se le prestara mucha atención a su hijita.
Como debe ser.
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