17 de marzo de 2010
Graffito
Por Alejandro
La expresión graffito, que significa en latín, marca o inscripción hecha rascando o rayando una pared surge en la Roma antigua, pero el hecho en sí de rayar muros no era novedad ni allí, ni en Pompeya, donde fueron encontradas caricaturas de políticos, anteriores a la erupción del Vesubio del año 79. Las cuevas de Altamira ya tenían hermosos graffiti hace quince mil años, con bisontes y renos coloridos.
En el mundo actual, este arte urbano, propio de la cultura hip-hop, es considerado por muchos como vandalismo. No por eso se deja de hacer y no por ser considerado un delito en varias partes del planeta, deja de sorprendernos en muchos lugares por su belleza plástica u ocurrencia, como cuando dejaba mensajes en aquel Paris del ´68 que decían: “el aburrimiento es contrarrevolucionario”.
Con todo, Nueva York fue durante años la capital mundial de los graffiti o pintadas, sobre todo en los trenes subterráneos y en barrios como el Bronx.
Hoy en Montevideo no es muy común este tipo de expresión, más bien tendemos a ensuciar paredes, a enchastrar muros, árboles o veredas aunque de vez en cuando aparecen pintadas lindas.
Hace unas pocas semanas vi una de ellas sobre el muro que cierra la calle Joaquín Requena sobre Gonzalo Ramírez.
Mencionaba a un partido político pero más que eso, daba un mensaje de esperanza, de alegría, de luz; uno de esos mensajes propios de esta nueva era que se inició con el primer gobierno de izquierda y que instauró en el país un espíritu diferente, unas sonrisas que antes no se veían, un mensaje como el que aparece allí: “Abre tu corazón que ya sale un nuevo sol”.
Es bueno que nos demos cuenta que vivimos un tiempo nuevo; llegó el momento de ser uruguayos por encima de banderías; llegó el momento de dejar la mediocridad y el resentimiento; ha llegado, por fin, el día de sonreír por nada y por todo, de creer que podemos ser mejores.
Después pasó lo que muchas veces pasa: alguien con una lata de pintura blanca o quizás simplemente cal enchastró el muro, y escribió encima con letra desprolija: “ni me callo ni me voy”.
Y yo no quiero que nadie se calle y menos que se vaya. Quiero que se queden y digan todo lo que tienen para decir, ahora y siempre. Y si lo que necesitan es un muro para dejar el mensaje, esa pared que sostiene a la calle Joaquín Requena tiene tres tramos diferentes. Uno para cada uno de los tres partidos grandes de este país. No los ensucien, píntenlos sí, con colores, aunque en uno prevalezca el colorado, en el otro el blanco y el tercero sea tricolor.
Mi mamá nació en esa cuadrita de Requena, como se nacía antes, en casa, y mientras ella nacía, mi papá, seis años mayor y que vivía en frente, jugaba a la pelota en el medio de la calle. No me la enchastren que hay un pedacito de mi corazón que aún vive por ahí.
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