Ana Olivera: por lo que hicimos, por lo que haremos
8 de abril de 2010
20 años después
Por Ana Olivera

Las últimas encuestas que llegaron a mis manos dicen que el 77% de la población de Montevideo piensa que Ana Olivera será la próxima intendenta de Montevideo. Y eso, más allá de la preferencia electoral de cada quien.

Cualquiera podría pensar que se trata de un “fotografía” alentadora del estado de la opinión pública. A mí, sin embargo, me preocupa y mucho. Creo que no hay nada peor, para una fuerza de izquierda que aspira a construir un mundo cabalmente democrático y de bienestar, que el espejismo de una realidad sin desafíos.

Dice el tango que 20 años no son nada. Es probable que en la historia de un país dos décadas sean apenas una coyuntura. Pero hay dimensiones de la vida colectiva en las que 20 años son mucho tiempo o, dicho de otra manera, tiempo necesario y suficiente para hacer balances y proponerse un salto cualitativo.

20 años de gobierno municipal es una de esas dimensiones en las que es necesario, sin complejos, asumir que se cierra un ciclo y es necesario comenzar otro, en continuidad pero diferente, con la madurez necesaria para mejorar lo bueno, corregir lo erróneo y sobre todo innovar en todo aquello que la vida tiene de novedad y desafío. Por eso, nada peor que el espejismo del voto cautivo o la inamovilidad de sentimientos y opiniones.

El Frente Amplio ha transformado Montevideo. De la A a la Z. Estoy convencida de ello, entre otras cosas porque fui protagonista de 10 de estos últimos 20 años. Sería muy largo repasar las políticas urbanísticas, sociales, ambientales, culturales, de género, logísticas, de participación y descentralización, de cooperación internacional llevadas a cabo. Con más aciertos que errores, pero asumiendo los errores si el horizonte es la felicidad de la gente. Con más audacia que temor, pero analizando los temores a veces innecesarios si el objetivo es la convivencia en la diversidad y la paz.

Como toda obra humana y colectiva, el FA gobernó Montevideo con el corazón en los sueños y los pies tropezando en los altibajos del camino. Supo ser el escudo de los débiles cuando la crisis tiraba gente hacia fuera de la sociedad, supo ser el escenario de los jóvenes cuando sus movidas no tenían lugar y provocaban razzias, supo ocuparse de la violencia contra las mujeres cuando el tema aún se susurraba en voz baja, supo planificar ciudad hacia el futuro cuando el presente imponía urgencias y parches. No es bueno perder la memoria, porque no hay futuro sin pasado. Y no sería bueno olvidar que un proyecto de izquierda supone una manera inclusiva, participativa, democrática de concebir los procesos y determinar las metas. Pero un proyecto de izquierda supone también reconocer las deficiencias (que las hay), los retrasos (que los hay), las propias limitaciones o ineptitudes.

Las encuestas también dicen que montevideanos y montevideanas sienten un optimismo sobre el futuro del país y su propio futuro inédito en los últimos 25 años. Por eso, también, son más exigentes. Nuestras políticas abonaron el camino de una ciudadanía más conciente, más comprometida con su entorno, más participativa. No hay de qué asustarse. Mayor exigencia implica mayor debate, más análisis, mejores soluciones.

20 años es tiempo más que suficiente para reconocer los cambios ocurridos en el mundo y en la región, en la cultura y en la sensibilidad, en la tecnología y en la globalización. Y es imperioso traducir esos cambios a un gobierno departamental que desde hace cinco años integra un proyecto nacional, que va por su segundo período de gobierno y, ley de descentralización mediante, tiene por delante el desafío de construir 8 municipios, con sus potestades y su rol en lo local.

Por eso, nada de espejismos. El país de primera necesita una capital de primera y eso exige replantearse deberes, objetivos, tareas, instrumentos y, sobre todo, compromisos. Sí a lo urbano, sí a la logística, sí a la actividad económica, sí al cumplimiento de las reglas, pero sobre todo sí a los desafíos de la convivencia con inclusión, con diálogo, con comprensión hacia el otro. Montevideo es un departamento maravilloso por el que vale la pena no olvidar que la lucha es cotidiana y que nada está garantizado si no cuenta con el compromiso de cada uno, y en primer lugar de los que reciben el mandato popular.


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